jueves, 26 de agosto de 2021

viernes, 6 de agosto de 2021

Todo quedó en nosotras



Chicago

 

En días pasados apareció este grupo en mi televisor. Desde mi  adolescencia les vengo escuchando, porque esa combinación entre instrumentos de viento en el marco de un flow rockero, para mí es magia. Peter Cetera tiene eso, magia en la voz y lamenté mucho cuando decidió  retirarse de la agrupación a mediados de los ochentas del siglo pasado.

Menciono a los ochentas y se ilumina mi memoria musical y es muy familiar escuchar por gente ligada al mundo de la música, que fue una época inolvidable e inigualable, no les quito la razón, sin embargo pienso en la década anterior, en la de los setenta y me doy cuenta que puede difuminarse en la memoria, debido a la avalancha musical que significó la onda "Disco Music" con su característico, repetitivo, frenético y hasta intrascendente ritmo, dentro de lo que era la lírica y el acompañamiento musical. Debo reconocer que en su momento me harté de su influjo y la proscribí, ahora en la distancia del tiempo, me reconcilio con algunos de sus ejecutores. Son parte del soundtrack de mi vida.

Bueno, este post no es de Disco Music, aunque pudiera escribir sobre ello en otra oportunidad relacionada a memorias que pudiera tener de esa época. Los setentas no solo fue este tipo de música, y revisando todo lo que se produjo en esa década, me parece que ha sido subestimada por muchos entendidos. Mi adolescencia la viví en esa década y es a comienzos precisamente de los años setenta, cuando todavía no llegaba a los diez años de existencia cuando conocí a los Beatles.

Vuelvo a Chicago, porque la canción que encabeza este post pertenece a un album de la agrupación que salió al mercado en 1976. (El vídeo lo tendrán que ver en YouTube, la aplicación se ha puesto "popis" para reproducir directamente en otras aplicaciones, solo tienen que colocar el mouse en la imagen y clickear). Como venía contando, la canción fue un éxito rotundo, tanto así que no pude comprar el longplay que la contenía, simplemente estaba agotado en las discotiendas, hasta se lo pedí al Niño Jesús y a éste también se le hizo imposible encontrarlo. Me gustaba mucho la portada que sugería a un envoltorio de chocolate, algo así como una golosina musical a degustar. La voz de Cetera, nunca defrauda.

En 1976, tenía 15 años y comenzaba el 3er año de bachillerato. Temblaba ante mis compañeras porque hablaban de dolores menstruales y yo fui tardía en ese departamento, pensé que sería un espécimen raro y que nunca me desarrollaría. Afortunadamente para mí, pocos meses después de esos 15, llegó la mancha. En ese año nos estrenamos con aquellas materias temidas desde que se inicia el bachillerato, como fueron Física y Química. Yo al menos sentía aprensión y veía a los profesores de esos cursos como seres lejanos, todopoderosos, privilegiados en el dominio de un conocimiento que consideraba complejo desde siempre. Si repitiera todo esto, tendría en cuenta no abrigar ese tipo de sentimientos porque limitan, son prejuicios a los que no hay que darles cabida.

Escucho a Chicago mientras escribo y es inevitable no pensar en un acto de navidad de ese año en el colegio, vestía una franela beige, sin mangas, con unos tirantes que llevaban como adornos unos aros de plástico de color blanco. El dibujo de la franela vagamente me sugiere en la mente algo relacionado a NY. No importa, cuenta la emoción de venir en el autobús de regreso a casa e ir tarareando la melodía en mi mente. 

También recordé al profesor Tayharldat y su dureza cuando nos expulsó de un examen a Virginia y a mi, según él, nos estábamos copiando. Nada más alejado de la realidad. Virginia y yo habíamos venido estudiando la materia con mucha atención, incluso nos reuníamos en mi casa para hacerlo, llegamos hasta pensar en madrugar haciéndolo. Cuando ví el examen y observé que planteaba mucho de lo que sabíamos, no cabía en mi alegría porque estaba segura que podía salir bien. En ese momento solo pude virar mi cabeza y hacerle un gesto de total satisfacción a mi amiga como para que supiera que podíamos hacerlo y pegarla de jonrón. No pudo ser, el profesor tomó ese gesto como una acción sospechosa y nos sacó del salón. Yo solo podía llorar, Virginia me hacía el coro, porque solo podíamos esperar la vergüenza de que llamaran a nuestros padres. No estoy segura en qué terminó todo el asunto y si pudimos recuperar la prueba, creo que no, porque no fui eximida, tuve que presentar el examen final, ya que mi nota definitiva fue 17 ptos y para no presentar era necesario tener 19 o 20 ¡Qué tiempos de exigencias!

Ese tercer año de bachillerato, fue el año que pensé en el año 2000 y con solo 15 años no podía imaginarme con la edad que tendría para ese momento ¿porqué el ejercicio futurista? nuevamente una clase de Física fue el detonante. El profe hablaba del futuro y de cómo pudiéramos ser para esa fecha, creo que el tema del espacio-tiempo nos llevó a ello. Yo temblaba cuando pasaba al pizarrón a realizar los ejercicios que proponía el profesor para resolver delante de todo el salón, la iniciativa era voluntaria al principio, solo que en ocasiones eras señalada sin más. El ejercicio mental y futurista del profesor, no daba para tanto en mi cabeza y el romanticismo me llevaba a pensar en una probable carrera, pareja e hijos. Me imaginaba muy vieja con un largo trayecto recorrido, cansada. Me acerco a mi sexta década y no puedo más que reprochar a una inocencia muy poco visionaria.

Tercer año de bachillerato me despertó la afinidad por la química, me gustaba todo ese proceso de transformación de los elementos y las reacciones que demostraban las fórmulas estequiométricas, aunque en ocasiones reconozco que fallaba en el razonamiento a la hora de obtener porcentajes de soluto en soluciones que pudieran estar o no saturadas. Mi padre era un hombre aventajado en este campo, de hecho era un hombre estudioso e investigador en su lugar de trabajo y sentía temor en hacerle llegar mis inquietudes, porque su paciencia al explicar lo evidente para él, no era su mejor virtud. Era un hombre muy inteligente con la cabeza muy bien amoblada para el raciocinio y los cálculos.

Cuando sonaba Chicago con su album achocolatado me fui de retiro espiritual con mis compañeras de colegio a un sitio llamado Carialinda en el sector de Naguanagua, Estado Carabobo. Estas imágenes, gentil ofrenda de mi compañera de toda la vida Filomena Abruzzeze, recoge algo de esa experiencia y ¡oh casualidad! tengo la franela de tirantes con aros de plásticos, esa franela que vestía para atender un acto de navidad en el colegio y con la que tarareaba "If you leave me now" mientras recorría las calles de Maracay, al regresar a casa en un autobús público. Mi posición en las fotos no me permiten corroborar si el diseño de la imagen de la franela alude a NY como señalé más arriba. Solo me conmueve verlas.



Veo a Filomena, a Fiorina, a Marisel, a Dinora, a Gloria, a María Gabriela con su morisqueta incluida, a Marisela y otras que no recuerdo sus nombres ¿qué pensábamos por esos tiempos? Yo recuerdo una botella de vino que de manera clandestina abrimos en una de las habitaciones, no recuerdo mi compañera de cuarto en esa oportunidad. En este caso, no puedo recordar rezos, ni ejercicios espirituales, como en los de El Junquito. Pícaramente me viene a la mente un joven de cabellos de oro que trabajaba como electricista en el edificio. Me robó el corazón momentáneamente. 

¿Qué recuerdan ustedes de esos tiempos?
Me encantaría leerlas. 

Sol